Posted in Paternidad Gamer, Slice of Life

“Los Tiara” era el nombre del primer local de videojuegos que visité en mi infancia. Ahí aprendería lecciones traspasadas por los grandes maestros de la sabiduría de las fichas, como la de tirarle un escupo adentro a la palanca cuando no te salía el hadoken, o que el chupapoto de Zangief era una bola pa’trás, o que los hueones picaos te apagan la máquina cuando les ganabai. Son los años ‘90, años en que las fichas salían 10 pesos y tenían promoción de 12 fichas por $100. Tiempos en los que, con el vuelto del pan, podías perfectamente estar un par de horas divirtiéndote en compañía de gente tan galante.

Con esas experiencias y unas ganas locas de jugar, es que recorrí muchos arcades durante esas eternas horas de no-supervisión de las que estuvo compuesta mi infancia, adolescencia y juventud. Pero al día de hoy, muchos de ellos ya no existen. Los Samoa de Viña del Mar fueron fagocitados por las máquinas tragamonedas de la misma forma en que los arcades les quitaron el espacio a los salones de pool de antaño. Los Game Center que estaban frente al cerro Santa Lucía y que serían mis favoritos a finales de los ‘90, verían su fin cerca de la fecha del traslado de los Diana de Paseo Ahumada al subterráneo del caracol que está en calle Merced, a fines del 2006. Entremedio, los Game Center de cuatro pisos que también estaban en el paseo también morirían. ¿Ese arcade en Plaza de Maipú donde estaba el de las Tortugas Ninja con cuatro palancas? Muerto. ¿Los Gioco de Conce tal y como los conoció en su infancia? Muertos. ¿Los Alfa y los Delta en la Quinta Región? Muertos, muertos, muertos.

Antes, cuando lograba visitar el otro lado del litoral central de éste long boi llamado Chile, podíamos pasar con los niños a los típicos “arcades de playa”, esos que se abren sólo para el verano y que llevan en sus palancas y botones los años de la arena acumulada en capas sobre capas desde la primera vez que les hicieron mantención técnica… probablemente cuando abrieron por allá por los ‘90; ahora en cambio, hasta esos han dejado de existir, cediendo el espacio a algún negocio de moda, que eventualmente cederá su espacio al siguiente negocio de moda, ad infinitum ad nauseam. Y como guinda de la torta, en los pocos arcades que quedan, los precios de las “fichas virtuales” actuales distan mucho de cuando, en mi infancia, con una gamba tenía para estar toda la tarde. Ahora, primero tienes que comprar una tarjeta, luego cargarla y, posterior a eso, ver si lo que le pusiste de carga alcanza o no para costear ese juego que querías jugar. Lo transversal de la ficha se ha perdido en la vorágine que consumió a gran parte de los arcades (emblemáticos o no), dejándonos en la normalización de tener que echarle grandes cantidades monetarias a la tarjeta, porque los críos aún no se vuelven suficientemente buenos.

 —¿Y entonces a que videos vamos a ir, papá?— me pregunta una de mis hijas. Y yo le respondo que a los Diana. Pero esa es otra historia.

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