Posted in Paternidad Gamer, Slice of Life

Crecí escuchando en la televisión, y de boca de los “adultos”, las variadas formas en las que los videojuegos, o nos iban a pudrir el cerebro o nos iban a transformar en violentos asesinos en serie. De más está decir que mi prontuario sigue intacto y aún no nace en mi esa sed homicida que tanto se pregonaba en mi infancia. Y la influencia estuvo ahí: jugué Tribes y Mohaa, Quake y GTA. Jugué harto Mortal Kombat. Y hasta el día de hoy doy pelea en Street Fighter II. También cometí la herejía de jugar Pokémon y, por tanto, estar bajo la influencia del diablo, según un pastor evangélico que vendía DVDs de como salvar a los niños. Y como si todo eso no fuese suficiente también vi anime. O sea, mi porvenir era el vivir tras las rejas después de una nutrida carrera criminal.

Y así, con los años, de la misma forma en que me di cuenta de que no se me iban a caer los cachetes por comer chicle o que no me iba a crecer un árbol en el interior por el hecho de tragarme una pepa, pude reconocer que: a) nuestro primer y mayor modelo de comportamiento son nuestros propios padres, si el arbolito crece torcido es por falta o culpa de su tutor; b) que los videojuegos no incitan a la violencia; y c) que efectivamente un videojuego sí puede servir de modelo, sea de forma positiva o negativa.

Recuerdo al vuelo el caso del niño que salvó a la mamá a quien le dio algún ataque mientras conducía, porque pudo aplicar sus conocimientos de conducción adquiridos gracias a Mario Kart. Puedo recordar también los miles de casos de gente que ha podido rehabilitarse de dolencias gracias al uso de los videojuegos en la medicina. También hay otros casos mucho menos televisivos y quizás más dolorosos, silentes y comunes, de cómo los videojuegos salvaron la vida de muchos niños por el hecho de estar simplemente ahí… cuando no había nadie más.

Uno de mis hijos juega en el patio. Anda con un gorro verde, típico y tradicional de los habitantes del bosque Kokiri (de esos que ahora se pueden comprar por internet), y con una Espada Maestra de madera (que le hice yo…) persiguiendo entre Hya-hyaaaa a seres imaginarios y a otros no tanto. Primero mira a una de las gallinas que está en el corral, luego mira la punta del techo, y luego sonríe …y a través de esa pícara sonrisa capto inmediatamente su línea de pensamiento.

Pero no, él sólo siguió de largo. Pura presunción mía.

¿Qué hubiese hecho Link en su lugar? Lo tengo clarísimo, y culpo al que lo tutorea.

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