Posted in Paternidad Gamer, Slice of Life

A sabiendas de que le estaba regalando al crío un “juego challa” para salir del paso de eso que es llenar con obsequios los días en que papá capitalismo exige su tributo en dinero y sangre, salí de una tienda del clásico “Persa Biobío” con un juego de 3DS de los que rápido se terminan y pronto se olvidan; pero que era, a lo menos, cambiable.

El negocio del intercambio de videojuegos pervive aún en Santiago, en el mismo lugar en donde nació y atendido por sus propios dueños (reducido, pero existente incluso durante el estallido social y la pandemia). Aunque a niveles distintos que en los de mi infancia, todavía se puede pagar un monto por cambiar thu jueguit0 bien basuraX de deportes 20XX por algo de un mejor estudio y con mejor trama. Y a eso es a lo que apelaba con la compra de la antes mencionada “challa”, a volver con el crío después y que el escogiese algo más acorde a sus criterios personales de videojugador, así como pa’ darle un plus a la cosa.

Pero grande sería mi sorpresa, luego de que el niño se terminara el juego al cabo de sólo un par de días; y que cuando yo, un par de meses después le ofreciera el llevarlo al persa para intercambiarlo, él me respondiera sobre el intercambio de forma negativa.

Me lo quiero quedar porque me lo regalaste tú —me responde poniendo carita de querubín. Yo le digo que bueni, y lo dejo ir mientras le planto un besito en la frente.

Algo de bueno debe haber tenido ese juego… ¿serán las mecánicas? ¿será la trama? —me quedo pensando ingenuamente, y completamente ignorante de que el mocoso había perdido el juego la semana anterior…

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