Posted in Paternidad Gamer, Slice of Life

Si bien no tenía ganas de jugarlo, me había comprometido la vez anterior a que me iba a sentar a jugar Minecraft con uno de mis enanos. Al juego le tenía un prejuicio (para serles honesto), que era el motivo por el cual le había hecho el quite durante mucho, mucho tiempo. Sin embargo, el compromiso paternal con el crío era superior… así que, a pesar de mí mismo, me dispuse a jugar un rato corto, para compartir con el niño y pa’ cachar qué tal.

La primera media hora se trató de una clase magistral —de parte del hijo antes mencionado— de las mecánicas básicas del juego. Desde qué craftear, hasta cómo cavar, sumado a qué tipos de materiales sirven para fabricar cada herramienta o arma y, además, de que estos animalitos dan esto de acá y esas semillas eso de allá, y que el agua esto y la lava esto otro; terminando, finalmente, con una descripción acotada de cada uno de los enemigos que podrían salirme al encuentro.

Posterior a todo eso, llegó el momento de jugar.

Y ahí estaba yo, enfundado en el traje de Steve, sumido en este sandbox de bloques, cuando el niño-lego que aún vive en mí decidió ponerse a construir. En poco rato, miné medio morro, del cual saqué los materiales para construir los cimientos de un castillo junto a un bosque, que estaba ubicado en la punta de un cerro. Lo primero que realicé fue una alta escalera de diorita con siete arcos de medio punto, de clara inspiración neogótica (para una mejor referencia, piense en Anor Londo de Dark Souls) y, en eso de estar entretenido levantando los cimientos del castillo, habían pasado tres horas y me tenía que ir.

Para la otra lo termino —le dije al niño antes mencionado—, quien, aunque me dice que “bueno papá”, en menos de una semana me borraría el archivo por falta de espacio. No he vuelto a jugar desde ahí.

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