Posted in Paternidad Gamer, Slice of Life

Una de mis hijas me muestra un arma automática dorada y con diamantes que había conseguido recientemente en el shooter en el cual estaba “invirtiendo” los días de su adolescencia. Yo no soy nadie para juzgarla, pues el ‘99 (en mi propia adolescencia) estaba en la pasta de Tribes, a la cual entré sólo cuando logré salir de esa droga durísima llamada Quake, a la que entré el ‘97.

Volviendo a Tribes, dicho shooter contaba no sólo con variedad de armas, sino también tenía jetpacks, la posibilidad de escoger armaduras, naves manejables y un montón de otros features que lo hacían más cercano a lo que es un juego de disparos actual. Cómo entré a dicho juego con algo de escuela en el cuerpo, no me tomó mucho estar en ese grupo del servidor de los que “juegan bien”.

En poco tiempo, se organizaron clanes y competencias, se hizo uno que otro ranking y el grupo que jugaba entre más o menos y bien se empezó a volver competitivo. Hasta que un buen día y de la nada, ingresa un team de mujeres al servidor, supuestamente desde un servidor extranjero.

…Y nos sacaron la chucha.

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