Posted in Paternidad Gamer, Slice of Life

La historia es la siguiente. Un amigo, de forma posterior a un aumento de sueldo, se compró un proyector. Él, al igual que todo niño (eso según yo, anda a saber ustedes…), soñaba con una tele gigante en la cual jugar vidjas. Así que uno de los usos que le dio a ese dinero extra fue el darse un gusto.

Nos convocó un día del finde para compartir cervezas, smash, y otras cosas. Cuando ya teníamos la primera ronda de chelas en el cuerpo y ganas de pelear, el amigo antes mencionado saca una caja misteriosa, y desde su interior extrae la maravillosa sorpresa.

Nos demoramos cinco minutos entre montar la Wii, poner el proyector en marcha y dar con la mejor resolución posible al edificio que estaba frente al nuestro. Mientras jugábamos, tuvimos de público a transeúntes, y a mirones de varios balcones vecinos. Más de uno aplaudió las peleas. Después de varias horas de darle en la pantalla gigante, aprobamos la idea y nos comprometimos a repetirla.

Si bien fuimos los primeros, no seríamos los únicos en proyectar en el edificio del frente. Otro vecino de algún piso de más arriba hizo tradición el proyectar los partidos de la selección chilena, que ciertamente tenían más público que nuestras batallas.

Pero el amigo se cambió de departamento, y ya no tiene un edificio contra el cual proyectar. ¿Y el proyector? Guardado en una caja, muchas gracias por preguntar…

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