Posted in Slice of Life

La historia que estoy por narrar puede serle difícil de creer y le entiendo; incluso a mí me es complejo darle una respuesta lógica y libre de folklorismos a aquello que me sucedió ese día en el hospital, cuando vi a alguien.

Por cosas de la vida, fui a visitar a una funcionaria en el Hospital del Tórax que está en José Manuel Infante, en la comuna de Providencia. Pregunté por ella en el mesón de recepción, y una amable señorita me dirigió hacia el área de pensionados, en el ala derecha del edificio, no recuerdo puntualmente en qué piso. Las indicaciones sí las recuerdo: salga del ascensor y, a mano izquierda, al final del pasillo hay una puerta que dice no entrar. Ahí está la persona a quien busca.

Luego de golpear insistentemente la puerta de vidrio, oigo a lo lejos el eco característico del taconeo de a quién iba yo a visitar. Suena una vuelta de llave en la chapa y la puerta se entreabre. Se asoma quien busco y nos saludamos. Después de un intercambio informal de palabras y otra vuelta de llave para cerrar, ingreso al sector de pensionados. Un área en ese momento deshabitada por haberse terminado la concesión anterior.

El mesón de recepción, vacío. El pasillo frío y completamente desprovisto de insumos médicos. Las seis o siete habitaciones del lugar, cerradas con candado por fuera. La única excepción era una estación de enfermería al final del pasillo, donde ahora funcionaba momentáneamente la oficina de trasplantes del hospital, hacia la que nos dirigimos para tomar un café. Atravesamos los veinte metros del pasillo escuchando el fuerte eco de nuestros pasos, y el silencio abrumador de toda la vida faltante en el lugar.

El café fue breve pues el tiempo era escaso y la visita más bien formal, así que nos despedimos en la oficina. Doy un paso fuera de ésta, cuando me sorprende una ráfaga de viento proveniente de la ventana del pasillo entreabierta. Me giré rápidamente a la izquierda ante el sorpresivo ulular de los visillos, mas cuando me giro a la derecha enfilando hacia la salida, encuentro que cinco pasos frente a mí y, dándome la espalda, en mitad del pasillo y recortado contra el fondo blanco del hospital, hay alguien.

Mi primera reacción fue el shock. Me quedé plantado en el lugar, mirando sin poder reaccionar.

Este alguien, comienza una caminata etérea y completamente insonora en dirección a la primera de las habitaciones, junto a la puerta de entrada. Vestía pantalón, levita, sombrero de copa y zapatos, todos color velorio. Las excepciones, los guantes blancos, la blanca camisa de cuello alto y el pomo plateado del bastón que lleva bajo el brazo. Mide cerca de 1,90, viste como a principios del 1900.

Cuando salgo del shock, este alguien está por llegar a la primera de las habitaciones. Caminé rápidamente en su dirección, tratando de ganar metros para verle de frente, mas no fui capaz de alcanzarlo. Su mano enguantada giró el pomo de la puerta de la primera habitación, la que se abrió hacia el interior sin emitir sonido alguno. El alguien entró cabizbajo a la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Yo llegué sólo un par de segundos después, giré el pomo de la misma puerta para entrar tras de aquel alguien, cuando me doy de narices contra la puerta pues estaba cerrada con candado por fuera.

No se abrió ni un centímetro.

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