Posted in Paternidad Gamer

El hijo me habla de las rebajas de Steam al mismo tiempo que Sony decidió eliminar el formato físico, y se fue de masivo troleo. Star Fox reaparece HD en la Switch 2; y yo, al mismo tiempo, me hago un espacio en la curiosa vida de adulto que llevo, para jugar un Dark Souls 3 que compré físico en la feria (pero sin DLCs) a doce lucas, porque llegó sin pensarlo una PS4 a la casa. Tenía que aprovecharla.

¿Tenía? ¿Era un imperativo? No, pero hace mucho que mi vida es pega pega pega full responsabilidad, labora labora que vivís apatronao y pagai pensiones, y no podís darte el lujo de jugar. Porque disfrutar el tiempo es un lujo increíblemente inapreciado. Jugar es placer de animales non-circunscritos a ninguna constitución, a ninguna convención, exentos del yugo e impermeables a la verborrea jefatorial adulta que pretende ponerle un tiro en la cabeza a tu niño interior que se ve obligado a levantarse a las seis aeme porque, si bien la comida crece en los árboles, tu justo no tenís fundo o hectárea o parcela donde plantar un miserable naranjo que te nutra. ¿Yo? Obviamente tampoco. Sin embargo…

Era un domingo. Los gatos me acompañaban dispersos y distribuidos en la amplitud de la cama que confronta la tele, la cual, ubicada convenientemente en su mueble propio, llamábame a qué prendiera la consola. Es domingo —me dije—, me voy a levantar a trabajar igual porque soy un adulto responsable, total, ¿que son veinte minutos de juego?

Siendo las cinco y cuarto de la mañana, a minutos de que suene mi alarma de las seis, veo que las cosas no han cambiado tanto; como esa vez que me regalaron un NES para navidad, y a mi abuela a la misma hora le dio la corriente tratando de desenchufarme la hueá, pa’ que yo dejara de jugar y me fuera a acostar. Merecido, vieja maldita, valiai callampa.

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