Posted in Paternidad Gamer, Slice of Life

Es el fin de la temporada escolar y la navidad recién pasada trajo consigo consolas portátiles, elementos que a la hora de realizar un viaje se han vuelto imprescindibles cuando se trata de mantener a los hijos en paz y quietud. Pero el fenómeno no es nuevo, yo mismo recuerdo lo grato que era viajar con un Gameboy (a pesar de que en la noche no se veía un carajo y había que perseguir las luces de los postes), y capear las horas frente a la ventana mientras se va en dirección a algún lugar vacacionable sin tener que contar los autos de colores o los animalitos del camino para matar el aburrimiento. Probablemente, durante el viaje es la única instancia válida de los adultos en que la frase “estai todo el día pegado a la consola” no contiene el clásico cariz negativo. Quizás esto sirva de ejemplo:

Era verano y los terminales de buses de Santiago estaban llenos de gente: señores de aquí para allá acarreando maletas, jóvenes con caparazones de mochila de campamento, señoras con guaguas que lloran ante la incomodidad del calor, niños que corren alrededor de sus padres; en fin, familias completas haciendo la fila para ingresar al bus y entrar en “modo vacaciones”, estresadas desde mucho antes de iniciar el viaje y hasta mucho después de haber vuelto de las vacas. Y por ahí, al final… mis hijos y yo, esperando para poder subir.

Adentro del bus es un cumpleaños de monos: el mocoso del asiento 12 va pateando a su hermano que va sentado adelante, a la guagua de allá la enchufaron a una teta para que deje de llorar y a otra la desabrigan para ver si es que eso funciona y detiene el berreo, la cría del 34 pelea con la mamá porque se quiere ir en la ventana y no en el pasillo, y nosotros abrochando cinturones de seguridad y prendiendo consolas.

El bus parte, y con ello se inicia para algunos el estrés vacacional. Nosotros decidimos iniciar el viaje con una partida (o batalla, según como se mire) de Mario Party DS para matar el tiempo, y quizás también el vínculo familiar.

Llegamos al primer túnel y se va la señal telefónica, el bus se llena de pataletas de chiquillos que no pueden entrar a YouTube mientras sus padres intentan explicar las complejidades de la conexión 3G, el del 12 ya no patea al hermano, pero como se quiere ir parado en el pasillo la mamá lo agarra y lo sienta de un ala. –¿Tienen sed, chiquillas? –les pregunto a mis hijos durante un alto en juego. –¡Síííííí! –me responden al unísono. Así que, como perdí por ser el que agarró menos goombas, aproveché para repartir juguitos.

–¿Falta mucho, mamá? –pregunta por decimonovena vez la cría del 34. Su madre pacientemente le responde otra vez que no, que ya estamos por llegar, lo cual no es cierto. Se suben a vender dulces de La Ligua y como ahora soy el que lleva menos estrellas… me toca invitar.

El del 12 se duerme justo antes de llegar al final de un viaje super eterno para algunos. El papá lo toma en brazos con cara de agotado mientras el hermano más grande lleva los bolsos, salen los señores de allá para acá acarreando maletas, las guaguas descansan en sus coches, nosotros con las consolas guardadas y esperando nuestras maletas, para ir hacia donde alojaremos.

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